boda monica y lynn

Asistir a un matrimonio, suele ser como entrar por un momento a un cuento de hadas, donde cada quien cumple su papel para ambientar la mejor de las celebraciones, el amor.
La boda de Mónica y Lynn fue un cuento musical, un precioso ritual que me hizo pensar que la vida es como una sonata para piano que nace del encuentro de dos universos, de la pulsación exacta de teclas blancas y negras, que en la únion de sus diferencias crean el mejor de los sonidos.
El amor como la música, es el arte de mezclar perfectamente dos sonidos, la melodía nace de la combinación sucesiva, la armonía surge de la reunión simultánea y el ritmo se relaciona con la duración de este encuentro. En esta línea de sentido, la sonata de piano de Mónica y Lynn es una música amorosa que se extiende hasta el infinito.

Mónica y Lynn se conocieron en la escuela, sin embargo, en esa etapa de sus vidas, el amor esperaba dormido y pasaron desapercibidos el uno para el otro. Tiempo después, se contactaron por Facebook y la red sirvió para unir lo que no había unido la vida en ese momento.
Empezaron a conversar y a entender que cada una de sus palabras los unía, fue así como decidieron abrir la ventana, salir de las pantallas y lanzarse al mar de la vida real.
Salían a todas partes, compartían tiempo y se embarcaban en aventuras únicas, armonizadas por espontaneidad y carcajadas que los invitaban a ser ellos mismos, para poder ser a la par.
Mónica empezó a disfrutar cada locura que le proponía Lynn, así, sin más ni más la invitaba a salir corriendo de su casa para que fueran a algún lugar a ver las estrellas. Sus ocurrencias y las interminables conversaciones hacían que Mónica se sintiera cada vez más cercana a ese hombre que la divertía, la retaba y hacía florecer partes de ella que hasta entonces estaban dormidas.
Lynn deliraba con la forma en la que Mónica se relacionaba con el mundo, su forma de tratar a las personas era una muestra de que a ella el alma se le salía por los poros, y él simplemente quería saber qué había más allá.

Ambos coinciden en que el amor no es una cosa de esas que te despiertas un lunes en la mañana sabiendo que estás enamorado. Ellos tienen claro que el amor trasciende cualquier chispazo superficial y todos los pensamientos y teorizaciones al respecto. El amor se ríe del entendimiento común, porque es algo que no pasa por la razón, sino que vibra contundentemente en el sentimiento.
Como podemos ver, el amor de Mónica y Lynn no es una efusión improvisada, fue algo que nació del compartir constante. Ellos pasaron de las flechas de un cupido despistado y tejieron su propia historia a base de encuentros, jirafas de peluche, noches bajo las estrellas, lágrimas, besos, sonrisas, palabras de amor y años nuevos súper románticos en una caba en Altos de María.

Cada puntada de su tejido hacía que Mónica y Lynn se sintieran uno más cerca del otro, su relación se tranformó en una danza acompasada en el que cada uno se sentía íntimamente ligado a su compañer, hasta el punto de compartirlo todo y querer que esa música no cesara nunca.
Fue así que llegaron a aquel día tan esperado por el corazón en Bocas del Toro en Red Frog Island, en donde Lynn sintiendo a Mónica como parte importante de su ser, le pidió que fuera su esposa, porque ya desde hace mucho tiempo sabía que no quería separarse de ella ni un solo día de su vida. De este modo lo que era dos sonidos aislados que se acoplaban, se empezó a transformar en una melodía conjunta que sonó con más fuerza el día de su boda ante los invitados que miraban conmovidos las muchas formas que tiene de triunfar el amor.

Mónica nunca olvidará ese momento en el que por la nave central caminaba hacia su destino, vestida como una reina que emergía de los mares de sus sueños de niña, para encontrarse con ese hombre que la miraba como si estuviera frente a un milagro y la esperaba con su sonrisa de par en par.
Dijeron “Sí, Acepto” entregados, conmovidos, llenos de esperanza y con un amor desbordado que sonaba tan alto que invadía el corazón de todos los presentes a su celebración.

Fue ahí donde la sonata de amor de Mónica y Lynn marcaba una de sus notas más altas, y su amor llegaba hasta los oídos de Dios para convertirse en parte latente del amor universal. Fue ahí donde comprendí, que sí, que es verdad, que el amor es el encuentro de dos universos que se unen para transformarse en una única canción con sabor a eternidad.